por: Harold Martinez.-
Algún día entre 1998 y 1999, Luis Días y Transporte Urbano entraron a un estudio y grabaron un disco.
Un disco.
El disco del que llevo oyendo hablar más de veinte años. El que, según todos los que estuvieron cerca del incendio, era la mejor captura posible de Luis. No los casetes pirateados de conciertos. No los intentos de álbumes que pasaron por el mundo como fantasmas mal vestidos. No esas grabaciones que apenas conseguían atrapar una chispa de aquella energía imposible. Porque Luis no cantaba canciones. Luis parecía estallar dentro de ellas.
Y ahí quedó el disco, suspendido en ámbar, durante más de dos décadas.
Esperando.
Dependiendo de que los sobrevivientes terminaran el trabajo. Las voces existían. La tecnología hizo lo suyo. Los programas se volvieron más baratos, más accesibles. Se mezclaron pistas, se reconstruyeron partes enteras, se alinearon instrumentos alrededor de una voz que sigue sonando demasiado viva para pertenecer a un hombre muerto. Luis lleva más de diez años ausente, aunque a veces uno jura que apenas salió a fumar y todavía no regresa.
Lo escuché ayer.
Quería sentir nada.
Porque todavía me molesta que este disco haya tardado tanto en salir. Me molesta de una forma infantil y quizás injusta. Como si quienes tenían el poder de publicarlo hubieran estado sentados encima de un tesoro, creyendo que podían administrarlo, dosificarlo, controlarlo.
Qué tontería.
Nadie controló jamás la música de Luis Días.
Ni el que tocó la batería. Ni el que tocó la guitarra. Ni el que estuvo allí cuando las canciones nacieron.
No era suyo.
Era Luis.
Siempre fue Luis.
Y entonces empieza “La Yola” y todo se vuelve enorme.
No enorme por volumen. Enorme por destino.
Esta es la versión que debió existir desde el principio. La que por fin encuentra el tamaño exacto de la voz. Durante años escuchamos intentos de igualar aquella agresividad luminosa, aquella manera de cantar como si estuviera discutiendo con el mar. Ninguno llegó. Este sí.
Los reverbs se abren como habitaciones vacías. Los ecos regresan desde muy lejos. Y de pronto Luis está ahí otra vez, tan presente como cuando lo conocí en 2004.
Y la banda.
Dios mío, la banda.
Peter Nova en el bajo. Guy Frómeta en la batería. Juan Francisco Ordóñez en la guitarra.
No acompañan las canciones. Las sostienen.
Tocan con una precisión casi quirúrgica, pero sin perder la sangre. Cada nota cae exactamente donde debe caer. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si hubieran estado esperando este momento durante veinticinco años.
Escúchenme bien.
No es que no me guste el disco.
Es que todavía no sé cómo escucharlo sin sentir rabia por el tiempo perdido.
Quizás el tiempo haga lo que siempre hace. Quizás termine borrando esa molestia. Quizás algún día pueda escucharlo sin pensar en las décadas que pasaron antes de llegar hasta aquí.
Y entonces quedará solo la música.
Luis Días, por fin, en disco.
Sonando condenadamente bien.
Preguntaría si habrá una edición en vinilo, porque un álbum como este parece haber nacido para girar lentamente sobre una tornamesa.
Pero me da miedo la respuesta.
No estoy seguro de querer esperar otros veinte años.
Harold Martínez editor de contenido audiovisual galardonado con tres premios Emmy y con base en Nueva York. Con más de veinte años de trayectoria en la edición de noticias de última hora y formatos largos, ha trabajado para programas de gran impacto como World News Tonight, Good Morning America y CBS Evening News. Graduado del City College of New York. Amante del rock dominicano, fue administrador del portar Anivelde.com en unas de sus etapas.
